Piero despierta agitado después de huir de otra pesadilla, aunque el sudor se encuentra en todo su cuerpo y empapa las sabanas de su cama, el joven se levanta impasible ignorando las pesadas visiones que le acaban de atormentar igual que cada noche, algo que ya se ha hecho parte de su rutina desde muy niño.

Camina lento hasta el otro lado del cuarto, sopesando cada paso hasta llegar frente al espejo que cuelga encima de un cuenco con agua limpia dispuesto a lavarse el rostro. Piero no puede evitar detallar su rostro en el espejo con algo de nostalgia, si bien ha tenido unas marcadas ojeras desde una corta edad consecuencia de sus noches de insomnio, ahora cuenta con una mirada oscura y profunda que rodea sus ojos de color marrón. Su piel es trigueña, víctima del sol y el viento, su nariz es algo ancha y con forma aguileña, mientras que sus labios son delgados y apretados en una expresión tensa. Tiene cejas gruesas y arqueadas, que le dan una mirada seria y concentrada. Su mandíbula es firme y bien definida, y su cabello es corto y oscuro, con un flequillo en rizo que cae sobre su frente.

Para cuando Piero termina de limpiarse, el sol ya está iluminando el humilde cuarto a través de la única ventana del sitio, el joven soldado reposa el cuerpo contra el marco de la ventana recibiendo el aire caliente de la mañana, frente a él se extiende la enorme ciudad de Capital Rex.

La ciudad es majestuosa ante sus ojos. Aun cuando ya había estado aquí hace unos años y llevaba ya varias semanas viviendo aquí, cada mañana se impresionaba viendo los arcos gigantes de piedra que se mueven incluso por encima de los edificios más altos. La antigua y emblemática ciudad de Capital Rex se encontraba en la mitad de tres anillos concéntricos que formaban un preciso giroscopio, los distritos que fueron construidos con el tiempo se ubicaron al rededor del corazón de este, dividido por los canales circulares donde los anillos debía cruzar en su lento recorrido.

Los distritos fuera del anillo interior habían sido creados por los refugiados de los continentes de Rabbat y Mahalios, personas que habían llegado a la capital luego de que las antiguas colonias que ostentaba Capital Rex cayeran ante las revueltas y la posterior constitución de naciones independientes. Estos distritos se componen por edificios de piedra y mármol cuidadosamente tallados por los mejores artistas y artesanos de todas partes del mundo, un testimonio de las muchas culturas y tradiciones que llegaron a ser conquistadas durante los más de tres mil años de historia de Capital Rex.

Desde el cuarto de Piero, el eje del anillo exterior es visible unas calles más abajo, es el más grande de los tres y también el más lento. Además de fungir como frontera periférica de la ciudad, el anillo exterior tenía la función de medir el paso del tiempo, no era una función distinta a los otros dos anillos; sin embargo, su ciclo era de doscientos cincuenta y seis años exactos, con lo que lograba aparentar ser ese enorme arco estático en el cielo creando una larga sobra de punta a punta de la ciudad. Las calles en este distrito estaban llenas de vendedores que ofrecían sus mercancías en las plazas y esquinas, así como ciudadanos que se apresuraban temprano en la mañana hacia sus trabajos en el centro de la ciudad. Las plazas eran amplias y hermosas, llegaban a recordarle a las plazas en las ciudades de las islas grises en el sur del mundo, lugar donde había nacido, pero sin el emblemático árbol que decoraba cada una de ellas. Estas plazas, por el contrario, tenían estatuas de héroes pasados y giroscopios de bronce en el centro como alabanza a la ciudad-dios de Capital Rex según las creencias de los habitantes más antiguos, el dios benevolente que les había otorgado el don de la civilización.

Aunque las islas grises fueron la primera colonia de Capital Rex, fue la última de estas en obtener su independencia. Para los gremios y familias adineradas de las Islas fue un gran logro, pero para los menos importantes en el panorama político representó un cambio abrupto. Muchas personas no tan favorecidas y que aún se consideraban Capitalinos decidieron huir de las islas hacia el norte, sin embargo, la bienvenida en el continente de Prohas no fue tan amable como esperaban, muchos de ellos fueron relegados a los oficios más bajos en la sociedad y, a diferencias de los habitantes de las colonias de otros continentes; no recibieron la bendición de Capital Rex para construir su distrito en la ciudad. Algunos otros habitantes, como la familia de Piero, decidieron permanecer en sus tierras durante muchos años después de la independencia de las islas grises, conservando las creencias en la Ciudad-Dios inculcadas por Capital Rex.

Con la independencia de las islas grises y el restablecimiento de las viejas creencias en el druidismo, el culto a la ciudad-dios paso de ser la norma en las islas grises a convertirse en el blanco de segregación. En aquellos años, Piero no podía comprender las razones que tenían la mayoría de la gente de su ciudad natal para estar en contra de su familia y llego a pensar que era repudiado por su propia apariencia enfermiza.

En su niñez en las islas grises, los mayores rumoreaban que tenía un aire de tristeza en la mirada, incluso hablaban sobre su salud, siendo que a veces parecía débil y anímico. Luego de viajar al norte junto con su familia y los demás refugiados hacia el continente de Prohas donde estaba ubicada la Ciudad-Dios, Piero se enlistó como soldado de leva en el ejército de Capital Rex, muy influenciando por el rencor que había acumulado por el repudio que recibido en su niñez en las islas grises. Con los años siguientes, adquirió un cuerpo definido y algo más robusto, alejado del enfermizo niño del pasado.

Aun en la ventana, dirigió la mirada ql centro de la ciudad donde ls demas personas se dirigían, aunque la mayoria de trabajos estaba allí, hoy era un día especial. Piero tomo de la mesa un anillo grueso de bronce que llegaba a caber en la palma de su mano, lo descolgó agarrandole por la cadena que tenia fijada en un costado y enseguida el anillo se desarmo en varios anillos concéntricos formando un giroscopio mas pequeño pero sincronizado con el de capital rex. Revisó la posición en que se habian desplegado cada aro de metal y corroboró su posicion mirando los arcos de piedra en el interio de la ciudad. Se le hacia tarde.

Guardo el giroscopio colapsando los anillos de nuevo en unico aro. Tomo su uniforme oficial que habia dejado prepsrado desde la noche anterior, una vez tuvo las botas puestas, engancho la cadena en el cinturon y guardo el giroscopio en el bolsillo. Una vez en la calle se unio sl resto de personas que iban en camino al centro de la ciudad.

PIERO VA A HACIA EL CENTRO DE LA CIUDAD, FUE LLAMADO PARA CONFORMAR EL EJERCITO DE LUCIANO BURSIO

**__Pero la verdadera joya de la ciudad era el Palacio en el anillo interior, con sus altos muros y puertas de hierro forjado. Los jardines del Palacio eran extensos y llenos de árboles frutales y exóticos; y los patios estaban decorados con fuentes y estatuas de mármol. Era un lugar de ensueño, pero también un recordatorio del poder y la autoridad de Capital Rex sobre otras culturas y naciones mas allá de las fronteras de la nación del mismo nombre.

**__La ciudad era un reflejo del progreso de la nación desde el principio de los tiempos hace mas de tres mil años, un milagro que solo la ciudad-dios podía realizar. Sin embargo para Piero la ciudad era el recuerdo amargo de un viejo amor. Hoy tal vez seria el ultimo día que vería a Capital Rex y su natal nación cuando se embarque en dirección al nuevo mundo mas allá de los mares de la brecha sur, dejando atrás memorias que provocaban el único sueño que alguna vez le dio paz entre sus tormentosas pesadillas.

**__Sabia que cuando las campanas repicaran en la tarde de ese mismo día ya no habría vuelta atrás a su viaje, él junto a los otros soldados del primer vix Luciano Bursio partirían de Capital Rex sin intenciones de volver, con la divina tarea de llevar el don de la civilización a un mundo desconocido.

**__––Que la Capital reine. —Pronunció Piero como una plegaria para iniciar el día mientras su mirada se perdía en el difuso distrito central de la ciudad. Allí, donde el anillo mas pequeño marcaba las horas del día desde el principio de los tiempos,

**__también era el hogar de los miembros mas valiosos para la ciudad y sus familiares. Los nobles ministros se alistaban para recibir su mas alta autoridad: la Sacra Dux Alicia Striggio, un cargo que fue otorgado por la ciudad-dios a la primera persona que habitó y recibió el dote de la civilización en este mismo lugar. Con la expansión de capital Rex, el Sacro Dux decidió nombrar a los dux que gobernarían las ciudades que, por mandato divino, habían sido construidas. Pero ese día debía nombrar un cargo distinto: su primer Vix después de casi trescientos años, un cargo que parecía haberse perdido con las colonias que Capital Rex ostentaba en otros continentes y que justamente eran dirigidas por los Vixires. Sin embargo, con el descubrimiento del nuevo mundo, Alicia Striggio y sus ministros sabían que la época de conquistas que tanta gloria trajo a la nación volverían al fin.

En el vestíbulo continuo al gran salón, donde días atrás se acordó celebrar el nombramiento del nuevo Vix, esperaban sentados un par de nobles bien arreglados, el primero de ellos era un hombre alto y corpulento, iba con la vestimenta ceremonial compuesta por una túnica de seda fina en un tono oscuro, decorada con detalles dorados en el cuello y los puños. Acompañaba la túnica con una capa de terciopelo rojo oscuro que descansaba sobre sus hombros. Ambos ropajes contrastaba con las canas que ya empezaban a poblar su barba y cabello.

La otra noble era una chica mucho más joven que su acompañante, de mirada más modesta y humilde a la que tenía que aparentar el otro. Llevaba ropajes de tonos parecidos al vestido ceremonial sin llegar a igualar la solemnidad que este reflejaba. Era una chica de rostro delgado y pálido capaz de sonrojarse con facilidad, lo que la convertía en un libro abierto a sus emociones. Ambos cruzaron las piernas al mismo tiempo para enseguida apoyar el codo del brazo derecho sobre la rodilla expuesta y finalmente descansar el rostro que ya dibujaba un gesto de hastío. Uno más joven que la otra, con un indudable parecido que talvez no se notaba en sus rasgos faciales, pero que si resaltaba en los gestos que acompañaban la tortuosa espera. Ambos llevaban una insignia en sus pechos que dibujaban tres anillos de oro entrecruzados en el centro, debajo de con un pequeño gorrión del mismo material, lo que confirmaba su parentesco y nobleza: Se trataba de Luciano Bursio y su hija Alessa.

Luciano aprovechó el tiempo muerto para sacar su giroscopio del bolsillo y colgarlo en el lado contrario de su insignia familiar, miró con cierta añoranza el artilugio, ya no recordaba con tanta claridad hace diez años, cuando fue nombrado Dux de Pamplona en este mismo lugar, pero ahora estaba aquí para un cargo distinto. El viejo Dux recibió la noticia de su nombramiento como Vix hasta hace poco tiempo, lo que significó una gran alegría para los ministros de Pamplona; sin embargo, resulto en una pesada carga para él y su familia. Convertirse en Vix significaba dejar atrás su ciudad natal para representar a toda la nación en el nuevo mundo, y a su vez debía dejar vacante su puesto como Dux.

En otros tiempos, era casi seguro que su cargo como Dux sería cedido a su hija Alessa siguiendo el linaje de la familia Bursio; sin embargo, después de la sangrienta guerra que llevó a Alicia Striggio al cargo de sacro dux, ya nada era claro. Ante la perdida de tantas familias y la potencial traición de las restantes, Capital Rex endureció sus normas, eliminando los cargos hereditarios e imponiendo la elección de Duxes por nombramiento divino, costumbre que ha perdurado hasta estos días.

Fue idea de los ministros que Luciano asistiera con su hija a la ceremonia de nombramiento, talvez así cuando la sacra dux viera a la única descendiente de los Bursio podría influir en su decisión para nombrar el próximo Dux de Pamplona. Alessa no opinó mucho sobre las decisiones políticas que adoptaban sobre su vida, su atención aún estaba atrapada en el recuerdo de Piero.

Dos años atrás, antes de enlistarse en el ejército de Capital Rex, Piero trabajaba en los escasos trigales que evitaban que los habitantes de Capital Rex murieran de hambre. En uno de esos largos y calurosos días, mientras recogía la cosecha, vio por primera vez a Alessa, a diferencia de su apariencia actual, ella iba con ropas humildes y algo desgastadas, nada parecido a las finas telas que suelen portar los ministros y familiares cercanos al Dux; sin embargo, su tez pálida y las manos sin rasguños ni arrugas hacía de su camuflaje más bien un blanco de miradas.

Piero no era un gran conversador, pero si era muy perspicaz, siempre atento a las personas y sus gestos, sabía que algo no encajaba en la chica desconocida. Aún hoy en día, Alessa se retuerce con enojo pensando que hubiera ocurrido si Piero la hubiera dejado pasar en vez de entregarla a su familia. Era siempre tan correcto y honesto, creyéndose un guardián de las normas, lo odiaba. Sin embargo, ahora entiende que, de no haber sido por la repulsiva rectitud de Piero, nunca se habrían llegado a conocer y no habrían disfrutado su tiempo juntos en Capital Rex aquel año.

Volver a Capital Rex después de dos años, causaba en ambos nostalgia, ninguno pensó volver tan pronto y esperaban que cuando ocurriera estuvieran en compañía del otro, tal como lo habían prometido. Su separación fue dolorosa para ambos, pero consensuada, entendían que sus obligaciones los enviaban a partes distintas; Alessa volvía con su padre que le esperaba en Pamplona y Piero había sido asignado a las ciudades fronterizas de la nación para recibir su entrenamiento militar. Ahora ambos estaban de nuevo en la Ciudad-Dios, no para cumplir su promesa, pero sí por el mismo motivo: Luciano Bursio.

La atención de Alessa volvió al presente cuando las puertas del gran salón se abrieron empujadas por los guardias apostados a cada lado. Aun cuando Alessa había visto a muchos nobles pavoneando sus rostros perfectos en innumerables fiestas, Alicia Striggio no se asemejaba a ningún ser terrenal, su rostro inmaculado y su penetrante mirada acompañada por las telas ornamentadas, casi le hacían imaginar a Alessa un aura divina a su alrededor. Aunque Alessa había aprendido desde muy niña los ciclos de 256 años en los cuales debía nombrarse un nuevo Sacro Dux, pensaba que al final de esos años vería una moribunda figura amarrada a un trono, esperando la estocada final del tiempo como otros nobles de capital Rex. Sin embargo, Alicia Striggio era todo lo contrario a su imaginación, sus movimientos eran retocados y con elegancia que incluso dejaban atrás a las solemnes figuras de sus ancianos ministros.

Mientras los ministros a la diestra de Alicia Striggio entregaban la bula oficial, la sacra dux se acercaba con algo más de confianza a Luciano, arreglando su túnica mientras seguía la larga cadena que terminaba en el giroscopio dorado en su pecho.

—Diez años, tres meses y veinticuatro días. —Pronuncio con tono solemne Alicia mientras descolgaba el giroscopio y soltaba la cadena.

—Mis años como Dux de Pamplona… Su señoría. —Respondió Luciano, sorprendido de que Alicia lo recordara con tanta exactitud.

—Es mucho tiempo soportando una gran carga ¿No crees, Luciano? —

—Que la capital reine tres mil años más, su señoría —dijo de forma inmediata Luciano sin hacer contacto visual como se había mantenido durante toda la ceremonia.

—¿Podrías soportar tres mil años dirigiendo esta nación? —preguntó Alicia mientras dejaba el giroscopio en una bandeja a su diestra y tomaba uno nuevo de similar composición.

—Si Capital Rex lo decide, es mi deber cumplirlo. —

—Te has formado como un buen Dux. — dijo Alicia mientras ponía el giroscopio nuevo en el mismo lugar donde antes colgaba el antiguo y en ese mismo instante, Luciano siguió escuchando la voz de Alicia: —Pero ahora te nombro Vix por tu vida pasada que ocultas a los demás. —

Luciano alzó la mirada por primera vez, sin embargo, se encontró con que los labios de Alicia dibujaban una impoluta sonrisa mientras la voz de la Sacro Dux seguía sonando en su cabeza —Sé que aún practicas las viejas costumbres druídicas de las Islas Grises, tal y como te enseño tu abuelo. —

—Juro que he dedicado mi vida a Capital Rex, su señoría —dijo Luciano mientras inclinaba de nuevo la cabeza, aunque sus labios no se movieron al hablar.

—Y lo has demostrado en tus años como Dux de Pamplona, por eso confío que sabrás utilizar tus conocimientos en favor de Capital Rex. —Dijo Alicia mientras ajustaba el nuevo giroscopio a la cadena que decoraban los ropajes de Luciano.

—Le aseguro que mis conocimientos serán de ayuda para cumplir el sagrado designio que Capital Rex tenga para el nuevo mundo. —Proclamo Luciano agarrando con fuerza el nuevo giroscopio en su pecho.

— No dudo de eso, sin embargo, las traiciones han sido una constante durante este ciclo, por ello debo asegurarme que su lealtad permanezca con Capital Rex durante su estadía en el nuevo mundo. —Cuando las palabras de Alicia terminaron de sonar en la cabeza de Luciano, este volvió a levantar la mirada a la Sacro Dux quien ahora tomaba su antiguo giroscopio y entonces recordó con claridad el día de su nombramiento, igual que ahora, una lágrima recorrió su mejilla arrepentida de la pesada carga que en ese entonces reposaba en él y que ahora debía asumir su hija.

Alessa tomo una decisión impulsiva cuando cambio subió a una de las tres embarcaciones del primer Vix con dirección al nuevo mundo, aunque su padre había decretado desde hace años que los hombres de pamplona serian los únicos en enlistarse en su ejecito, no impidió que la demás tripulación y cargos en sus naves fueran ocupados por mujeres con las capacidades necesarias, fue la oportunidad perfecta para Alessa.

Alessa Bursio, Dux de la ciudad de Pamplona, primer y ultima de los Bursio en mundo Primah, perdió un amor que no podría remplazar en los años siguientes. Luciano Bursio, primer Vix de las colonias, primer y ultimo Bursio en mundo Vhita, gano un soldado leal y un confidente amigo.